Sin la más mínima duda, hoy por hoy, el problema la inseguridad pública, es producto de los años, las décadas, de desigualdad.
Generaciones de olvidados y postergados, miles de familias sin esperanzas, hogares sin estructura social alguna, niños condenados a la recompensa de lo que pueden encontrar mientras hurgan entre la basura, parias, que entre miseria y suciedad ven consumir sus días y sus vidas.
Esta triste representación, no es ahora, solo patrimonio de los países tercer mundistas o subdesarrollados, hoy, ya se pueden ver en ciudades del primer mundo, de ese mundo de luces y marquesinas, de coches potentes, de ordenadores y tablets, de rascacielos y barrios parquizados en zonas exclusivas.
Ya muchas de las grandes ciudades europeas están viendo en sus entrañas la imagen de hombres, mujeres y niños mendigando y hurgando contenedores de desperdicios, aquellos asentamientos tan "turísticos" o emblemáticos como las fabelas de Río de Janeiro, tienen sus émulos en ciudades como Madrid, sin el mismo color o sonido que dan las batucadas, pero con la propia identidad de miseria y marginalidad.
En estos lugares y dentro de este escenario de miseria y exclusión, es donde germina la violencia, donde cientos de niños se crían con miles de carencias y millones de sueños, los sueños de acceder lo que ven en manos de otros, no menos marginados, pero con alguna posibilidad cierta, con el abrigo de una cama limpia, un plato de comida y con alguna ropa pagada a crédito que cubra sus cuerpos.
Los descastados de esos guetos, ven como meta poseer esos bienes baratos que tienen aquellos que están dos escalones por encima suyo y esa ambición les lleva a conseguirlo como sea.
Esos marginados, por todos, por los que tienen mucho y por los que tienen menos, son los descartados de toda posibilidad de crecimiento social, son esa parte que algunos dicen o creen que no tienen salvación o recuperación.
Un porcentaje, mínimo, estoy seguro que no se recupera, pero la gran mayoría con medios a su disposición y posibilidades reales, tienen la opción de ser útiles para la sociedad.
En esos lugares, donde además de la violencia, se perpetúa la ignorancia, el analfabetismo y la ausencia de sanidad, proyecta de forma directa, el aumento de la delincuencia.
Además, se enquista la droga, ahí es donde el flagelo de la droga, campa a sus anchas, entre silencios y bandas, entre los que consumen y los que venden, esa droga que empieza como un medio de vida, para el que la vende, y termina por ser una forma de muerte, para ese mismo vendedor, porque solo unos pocos escapan a esa etapa de ser vendedor y consumidor al mismo tiempo.
Con esta puesta en escena, sin duda que la falta de posibilidades y de opciones, son las que crean la ecuación propicia para una guerra continua por la disputa de recursos, mientras los poderes económicos mundiales luchan por los recursos naturales, estos pobres miserables, disputan, el día a día y recurren al robo, de unas zapatillas, un abrigo, o cualquier cosas que le permita la dosis o el mendrugo diario.
Montevideo no puede escapar a esta situación, hasta que las autoridades, dejen de lado los costos políticos y asuman responsabilidades, modifiquen leyes, endurezcan penas y sobre todo, ayuden a los que piden ayuda desde hace más de 50 años, en forma muda y sorda.
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